Motivado acaso por sus experiencias más profundas y entrañables, el poeta de Jerez, Ramón López Velarde habría dicho: “es mejor no volver  nunca”; o en la voz de “el zorzal criollo”, “el morocho del abasto” Carlos Gardel, Ernesto Lepera de manera equivalente habría expresado la peculiar sensación de volver una vez que “las nieves del tiempo han plateado nuestra cien”; el recuentro de Carlos Marcovich tras muchos años, se erigió, no obstante en uno de los momentos vivenciales más gratos de los que s epoda tener memoria, investido de una peculiar alegría muy alejada por lo demás a la triste sensación de tener “ la frente marchita”.

La exhibición de “El Hotel”, la cinta de Carlos de más reciente realización, habría concitado la asistencia de antiguos compañeros de la escuela secundaria con un amigo y compatriota nacido en los extremos australes del continente y que, en los días que corren, ha sido erigido como uno de los más importantes baluartes vivos de la industria cinematográfica mexicana.

Por la geografía en la que se desarrolla la trama: la península de Yucatán; por la existencia en ésta tanto de un agente policial, como de un personaje dotado de una indubitable idiosincrasia maya que recuerda en su aspecto a Armando Manzanero y de otro originario de Argentina; por el nudo central previo al desenlace consistente en la muerte fingida de uno de los personajes claves del entramado narrativo, así como, finalmente, por el mensaje de esperanza en la rebelión de los conglomerado humanos; “El Hotel” me recordó de inmediato el formidable reportaje novelado de Miguel Bonasso “EL HOMBRE QUE SABÍA MORIR”.

Apreciación meramente subjetiva de mi parte, o quizá acaso mera coincidencia si se quiere, pero el hecho de que Carlos recordase en la ocasión, que su padre había sido titular de una columna periodística sobre tópicos arquitectónicos, en el periódico “La Opinión” de Buenos Aires bajo la dirección editorial de Jacobo Timerman, me hizo pensar de inmediato en la trama de Bonnase tejida en torno a los intríngulis del celebre caso conocido por la prensa rioplatense como “PAPAL PRENSA” y cuya conexión mexicana atraviesa por la muerte, fingida según la trama ficticia que se plasma en “EL HOMBRE QUE SABÍA MORIR”, del prominente financiera judío argentino David Graiver.

El Banquero de “El Mossad” en las américa, así como del legendario movimiento “Montonero”, quién transcurría sus días entre la Unión Americana y la residencia de Acapulco en la que vivía con su familia y que en otro tiempo había pertenecido al legendario actor que diera vida a Tarzán, Johny Weissmuller, encontraría la muerte, real o fingida, en un trágico accidente en las acaecido en las montañas del estado de Guerrero, nudo del portentoso entramado del relato de Bonasso.

Me tomé el atrevimiento de obsequiarle a Carlos un ejemplar de mis novelas “EL RETABLO DEL PERDÓN” y la más reciente “LA DANZA DE GISELLE” me las imaginé representada escénicamente como cintas de tensión e intriga,  aun cuando, claro está, no alcanzan el grado de tensión que reviste el  formidable entramado que se observa en el “EL HOMBRE QUE SABÍA MORIR”, el mismo que, dada la historia que se relata en “El Hotel”, encontraría con toda seguridad una magistral dirección escénica en la pantalla grande bajo la dirección de Carlos, a quién, por lo demás, reencontrar al pasar de los años resultó ser una inmejorable oportunidad para esclarecer los grandes misterios que ha nuestra generación ha tocado presenciar.