Adolphe Adam, es a no dudarse uno de los compositores más importantes de la historia y de manera particular uno de los más prominentes compositores del repertorio balletístico, su nombre, sin embargo se pierde en medio del anonimato, su obra lo devora, lo oculta, lo difumina.

En el universo del ballet clásico, el hecho de que “Giselle” haya terminado por opacar el nombre de su autor no constituye ni mucho menos una excepción; incluso bien podría decirse que, de no ser por las composiciones clásicas de Tchaikovsky respecto al género: “El Lago de los Cisnes”, “El Cascanueces”, “La Bella Durmiente”; pareciera que la gran constante es que la obra se imponga ante el imaginario colectivo de los públicos destinando a su autor al anonimato, en tal sentido, me permitiría confesar que ignoro por completo la identidad del autor de la otra joya clásica del ballet clásico: “La filie mal gardée”.

La danza en el escenario crea una situación hipnótica, no en balde, sus efectos fueron el inicio de los ritos antiguos que propiciaron el desenfreno de la lujuria y los estados hipnóticos propiciatorios de los artes adivinatorios en la antigüedad más remota.

En el gran clásico de Hollywood  “Las Zapatillas Rojas”, la trama que comienza simulando una comedia musical más, cobra dimensiones de verdadera tragedia cunado las zapatillas de ballet cobran vida y determinan el suicidio de la protagonista, y en la más reciente “El Cisne Negro” protagonizada por Natalie Portmann, la esquizofrenia y finalmente también el suicidio se hacen presentes en la trama, la misma que recrea en medio de la tensión emocional por alcanzar el estrellato, la lucha incesante entre Odette y Odile, los legendarios cisnes negro y blanco en la composición de Tchaikovsky y por supuesto que en la inmortal coreografía de Marius Petipa.

Giselle, una joven aldeana que sufre del quebranto de su salud, vive enormes tensiones por las rivalidades de sus enamorados, otro joven aldeano como ella: Hilarión y el Príncipe Alberto, que oculta su condición la cual al ser revelada por Hilarión desencadena en Giselle tal desencanto que finalmente los males que la aquejan la conducen irremediablemente al cadalso; los hadas de los bosques dirigen las pasos de a ambos galanes, alejando a Hilarión  en tanto que  Alberto es conducido ante el sepulcro de Giselle, cuyo fantasma baila con el príncipe,  a quién finalmente elige como su amor, un amor que se extiende más allá del mundo terrenal.

La danza ante un público fue el inicio de los ritos antiguos de la fertilidad que exaltaban la lujuria como manifestación de entrega a la vida, y propiciaban los estados hipnóticos propicios por lo demás para cultivar los dotes adivinatorios.

“La Danza de Giselle” constituye un relato, en el que un sórdido caso de suicidio que cimbró a la sociedad mexicana en su conjunto en medio del escenario del ascenso de Hitler al poder y finalmente de la participación de México en la Guerra, se entrelaza con la historia del ejército mexicano de la manera más precisa y acabada que fue dado llevar a cabo; todo ello en medio de episodios impregnados de pasión, ternura y amor.

Acaso pueda muy bien erigirse en una lectura de interés de cara a la controvertida Ley de Seguridad Interior y de cuyos alcances, por lo demás, hoy por hoy se encarga de deliberar la máxima instancia judicial del país.

Anímese a leerla, quizá pueda encontrarla digna de su interés y de su agrado, y si Giselle no hubiese dotado a su modesto autor de los artes de la adivinación y decida conducirlo con mayor contundencia que a Adams al sempiterno y total anonimato que a no dudarse pudiera serle merecido; en cambio, sin duda, pueda propiciar que el amable lector encuentre la inspiración de algún amor que se manifieste en su existencia incluso más allá de sus luces.